martes, 18 de abril de 2017

La mujer del velo



Cierta vez, George fue a un bar sueco que le agradaba, y se sentó en una mesa, dispuesto a pasar una velada de ocio. En la mesa inmediata descubrió una pareja muy elegante y distinguida, el hombre vestido con exquisita corrección y la mujer toda de negro, con un velo que cubría su espléndido rostro y sus alhajas de colores brillantes. Ambos le sonrieron. Apenas se hablaban, como si se conocieran tanto que no tuvieran necesidad de palabras.
Los tres contemplaban la actividad del bar —parejas bebiendo juntas, una mujer bebiendo sola, un hombre en busca de aventuras— y los tres parecían estar pensando en lo mismo.
Al cabo de un rato, el hombre atildado inició una conversación con George, que no desperdició la oportunidad de poder observar a la mujer a sus anchas. La encontró aún más bella de lo que le había parecido. Pero en el momento en que esperaba que ella se sumara a la conversación, dijo a su compañero unas pocas palabras, que George no pudo captar, sonrió y se marchó. George se quedó alicaído: se había esfumado el placer de aquella noche. Por añadidura sólo tenía unos pocos dólares y no podía invitar al hombre a beber con él, para descubrir, quizá, algo más acerca de la mujer. Para su sorpresa, fue el hombre quien se volvió hacia él y dijo:
—¿Le importaría tomarse una copa conmigo?
George aceptó. Su conversación pasó de sus experiencias en materia de hoteles en el sur de Francia al reconocimiento por parte de George de que andaba muy mal de fondos. La respuesta del hombre dio a entender que resultaba sumamente fácil conseguir dinero. No aclaró cómo e hizo que George confesara un poco más.
George tenía en común con muchos hombres un defecto: cuando estaba de buen humor le gustaba contar sus hazañas. Y así lo hizo, empleando un lenguaje enrevesado. Insinuó que tan pronto ponía un pie en la calle se le presentaba alguna aventura, y afirmó que nunca andaba escaso de mujeres ni de noches interesantes.
Su compañero sonreía y escuchaba.

 Cuando George hubo terminado de hablar, el hombre dijo:
—Eso era lo que yo esperaba de usted desde el momento en que lo vi. Es usted el hombre que estoy buscando. Me encuentro con un problema tremendamente delicado. Algo único. Ignoro si ha tratado mucho con mujeres difíciles y neuróticas. Pero a juzgar por lo que me ha contado diría que no. Yo sí que he tenido relaciones con esa clase de mujeres. Tal vez las atraigo. En este momento me encuentro en una situación complicada y no sé cómo salir de ella. Necesito su ayuda. Dice usted que le hace falta dinero. Bien, pues yo puedo sugerirle una manera más bien agradable de conseguirlo. Escúcheme con atención: hay una mujer rica y bellísima; en realidad, perfecta. Podría ser amada con devoción por quien ella quisiera y podría casarse con quien se le antojara. Pero por cierto perverso accidente de su naturaleza, sólo gusta de lo desconocido.
—¡A todo el mundo le gusta lo desconocido! —objetó George, pensando inmediatamente en viajes, en encuentros inesperados, en situaciones nuevas.
—No, no en ese sentido. Ella siente interés sólo por hombres a los que nunca haya visto y a los que nunca vuelva a ver. Por un hombre así hace cualquier cosa.
George rabiaba por preguntar si aquella mujer era la que había estado sentada a la mesa con ellos. Pero no se atrevía. El hombre parecía más bien molesto por tener que contar aquella historia pero, al mismo tiempo, parecía sentir un extraño impulso a hacerlo.
—Debo velar por la felicidad de esa mujer —continuó—. Lo daría todo por ella. He dedicado mi vida a satisfacer sus caprichos.
—Comprendo —dijo George—. Yo sería capaz de sentir lo mismo.
—Ahora —concluyó el elegante desconocido—, si usted quiere venir conmigo, quizá pueda resolver sus dificultades financieras por una semana y, de paso, satisfacer su deseo de aventuras.
George se ruborizó de placer. Abandonaron juntos el bar. El hombre llamó un taxi y dio a George cincuenta dólares. Dijo que tenía que vendarle los ojos para que no viera la casa ni la calle a la que iban, puesto que nunca debía repetirse aquella experiencia.
George se hallaba presa de la mayor curiosidad, con visiones obsesivas de la mujer que había conocido en el bar, evocando a cada momento su espléndida boca y sus ojos brillantes tras el velo. Lo que le había gustado en particular era el cabello; le agradaba el cabello espeso que gravitaba sobre el rostro como una graciosa carga, olorosa y rica. Era una de sus pasiones.

 El trayecto no fue muy largo. Se sometió de buen grado a todo el misterio. Para no llamar la atención del conductor ni del portero, la venda le fue retirada de los ojos antes de apearse del taxi, pero el desconocido había previsto astutamente que el fulgor de las luces de la entrada cegaría a George por completo. No pudo ver nada, salvo luces brillantes y espejos.
Fue conducido a uno de los interiores más suntuosos que había visto en su vida, todo blanco y con espejos, plantas exóticas, exquisito mobiliario tapizado de damasco, y una alfombra tan blanda que no se oían sus pisadas. Se le condujo por una habitación tras otra, todas de tonos distintos, con espejos, de tal modo que perdió por completo el sentido de la perspectiva. Por fin llegaron al último cuarto, George enmudeció por la sorpresa.
Estaba en un dormitorio con una cama con dosel, puesta sobre un estrado. Había pieles por el suelo, vaporosas y blancas cortinas en las ventanas, y espejos, más espejos. Le satisfacía poder producir tantas repeticiones de sí mismo, infinitas reproducciones de un hombre apuesto a quien el misterio de la situación había conferido un fulgor de expectación y viveza que nunca había conocido. ¿Qué significaba aquello? No tuvo tiempo de preguntárselo.
La mujer del bar entró en la habitación, y nada más aparecer, el hombre que había conducido a George a aquel lugar se desvaneció.
Se había cambiado de vestido. Llevaba una llamativa túnica de raso que dejaba al descubierto sus hombros y quedaba sostenida por un volante fruncido. George experimentó el deseo de que, a un gesto suyo, el vestido cayera, se deslizara como una reluciente vaina y dejara aparecer su piel brillante, luminosa y tan suave al tacto como el raso.
Tuvo que contenerse. Aún no podía creer que aquella hermosa mujer estuviera ofreciéndose a él, un completo extraño.
Llegó a sentirse tímido. ¿Qué esperaba de él? ¿Cuál era su propósito? ¿Acaso tenía un deseo insatisfecho?
Disponía de una sola noche para ofrecerle todos sus dones de amante. Nunca volvería a verla. ¿Daría tal vez con el secreto de su naturaleza y la poseería en más de una ocasión? Se preguntaba cuántos habrían ido a aquella habitación.

Era extraordinariamente hermosa, con algo de raso y terciopelo en su persona. Sus ojos eran obscuros y húmedos, su boca refulgía, su piel reflejaba la luz. Su cuerpo, perfectamente proporcionado, combinaba las líneas incisivas de una mujer delgada y una provocativa madurez.
Tenía cintura estrecha, lo que realzaba la prominencia de sus senos. Su espalda era la de una bailarina, y cada ondulación ponía de manifiesto la opulencia de sus caderas. Sonreía. Su boca, entreabierta, era delicada y plena. George se le acercó y apoyó sus labios en aquellos hombros desnudos. Nada podía ser más suave que su piel. ¡Qué tentación de tirar del frágil vestido desde esos hombros y dejar al descubierto los pechos, tensos bajo el raso! ¡Qué tentación de desnudarla inmediatamente!
Pero George sintió que aquella mujer no podía ser tratada de manera tan sumaria, que requería sutileza y habilidad. Nunca había meditado tanto cada uno de sus gestos, nunca les había conferido tanto sentido artístico. Parecía decidido a un largo asedio, y como ella no daba señales de urgencia, se demoró sobre los hombros desnudos, inhalando el tenue y maravilloso olor que desprendía aquel cuerpo.
Hubiera podido tomarla allí y en aquel momento, tan poderoso era el encanto que exhalaba, pero primero quería que ella hiciera una señal, que se mostrara activa, y no blanda y flexible como la cera bajo sus dedos.
La mujer parecía sorprendentemente fría y dócil, como si no sintiera nada. No había un solo estremecimiento en su piel; su boca se había abierto, dispuesta a besar, pero no respondía.
Permanecieron de pie junto a la cama, sin hablar. George recorrió con sus manos las satinadas curvas de aquel cuerpo, como para familiarizarse con él. Ella se mantuvo inmóvil. A medida que la besaba y la acariciaba, George se dejó caer lentamente de rodillas. Sus dedos advirtieron la desnudez bajo el vestido. La condujo a la cama; ella se sentó. George le quitó las zapatillas y le sostuvo los pies entre sus manos.
Le sonrió, cariñosa e invitadora. El le besó los pies, y sus manos se introdujeron bajo los pliegues del largo vestido y remontaron las suaves piernas hasta los muslos.
Abandonó sus pies a las manos de George, que ahora los mantenía apretados contra su pecho, mientras sus manos acariciaban las piernas. Si la piel era fina en ellas, ¿qué no sería cerca del sexo, donde siempre es más suave? Pero ella tenía los muslos apretados, y George no pudo continuar su exploración. Se puso en pie y se inclinó para besarla. Ella se recostó y, al echarse hacia atrás, sus piernas se abrieron ligeramente.
George le paseó las manos por todo el cuerpo, como para inflamar hasta el último rincón con su contacto, acariciándola de nuevo desde los hombros hasta los pies antes de intentar deslizar la mano entre sus piernas, que se abrieron un poco más, hasta permitirle llegar muy cerca del sexo.

Los besos de George revolvieron el cabello de la mujer; su vestido había resbalado de los hombros y descubría en parte los senos. Se lo acabó de bajar con la boca, revelando los pechos que esperaba: tentadores, turgentes y de la mas fina piel, con pezones rosados como los de una adolescente.
Su complacencia le incitó casi a hacerle daño para excitarla de alguna forma. Las caricias le afectaban a él, pero no a ella. El dedo de George halló un sexo frío y suave, obediente, pero sin vibraciones.
George empezó a creer que el misterio de aquella mujer radicaba en su incapacidad para ser excitada. Pero no era posible. Su cuerpo prometía tanta sensualidad; la piel era tan sensible, tan plena su boca. Era imposible que no pudiera gozar. Ahora la acariciaba sin pausa, como en sueños, como si no tuviera prisa, aguardando a que la llama prendiera en ella.
Los espejos que los rodeaban repetían la imagen de la mujer yacente, con el vestido caído de sus pechos, sus hermosos pies descalzos colgando de la cama y sus piernas ligeramente separadas bajo la ropa.
Tenía que arrancarle el vestido del todo, acostarse en la cama con ella y sentir su cuerpo entero contra el suyo. Empezó a tirar del vestido y ella le ayudó. Su cuerpo emergió como el de Venus surgiendo del mar. La levantó para que pudiera tenderse por completo en el lecho y no dejó de besar todos los rincones de su piel.
Entonces sucedió algo extraño. Cuando se inclinó para regalar sus ojos con la belleza de aquel sexo y su color sonrosado, ella se estremeció, y George casi gritó de alegría.
—Quítate la ropa —murmuró ella.
Se desvistió. Desnudo, sabía cuál era su poder. Se sentía mejor desnudo que vestido, pues había sido atleta, nadador, excursionista y escalador. Supo que podía gustarle.
Ella le miró.
¿Se sentía complacida? Cuando se inclinó sobre ella, ¿se mostró más receptiva? No podía afirmarlo. Ahora la deseaba tanto que no podía aguardar más, quería tocarla con el extremo de su sexo, pero ella le detuvo. Antes quería besar y acariciar aquel miembro. Se entregó a la tarea con tal entusiasmo, que George se encontró con sus nalgas junto a la cara y en condiciones de besarla y acariciarla a placer.

George fue presa del deseo de explorar y tocar todos los rincones de aquel cuerpo. Separó la abertura del sexo con dos dedos y regaló sus ojos con el fulgor de la piel, el delicado fluir de la miel y el vello rizándose en torno a sus dedos. Su boca se tornó cada vez más ávida, como si se hubiera convertido en un órgano sexual autónomo capaz de gozar tanto de la mujer que si hubiera continuado lamiendo su carne hubiera alcanzado un placer absolutamente desconocido. Cuando la mordió, experimentando una sensación deliciosa, notó de nuevo que a ella la recorría un estremecimiento de placer. La apartó de su miembro a la fuerza por miedo a que pudiera obtener todo el placer limitándose a besarlo y a quedarse sin penetrarla. Era como si el gusto de la carne los volviera a ambos hambrientos. Y ahora sus bocas se mezclaban, buscándose las inquietas lenguas.
La sangre de la mujer ardía. Por fin, la lentitud de George parecía haber conseguido algo. Sus ojos brillaban intensamente y su boca no podía abandonar el cuerpo de su compañero. Entonces la tomó, pues se le ofrecía abriéndose la vulva con sus adorables dedos, como si ya no pudiera esperar más. Aun entonces suspendieron su placer, y ella sintió a George con absoluta calma.
Pero al momento señaló el espejo y dijo riendo:
—Mira, parece como si no estuviéramos haciendo el amor; como si yo estuviera sentada en tus rodillas, y tú, bribón, has estado todo el tiempo dentro de mí, e incluso te estremeces. ¡Ah, no puedo soportar más esta ficción de que no tengo nada dentro! Me está ardiendo. ¡Muévete ya, muévete!
Se arrojó sobre él, de modo que pudiera girar en torno al miembro erecto, y de esta danza erótica obtuvo un placer que la hizo gritar. Al mismo tiempo, un relámpago de éxtasis estallaba en el cuerpo de George.
Pese a la intensidad de su amor, cuando George se marchó ella no le preguntó su nombre ni le pidió que volviera. Le dio un ligero beso en sus labios, casi doloridos, y le despidió. Durante meses, el recuerdo de aquella noche le obsesionó y no pudo repetir la experiencia con ninguna otra mujer.

Un día se encontró con un amigo que acababa de cobrar unos artículos y lo invitó a beber. Contó a George la increíble historia de una escena de la que había sido testigo. Estaba gastándose pródigamente el dinero en un bar, cuando un hombre muy distinguido se le acercó y le sugirió un agradable pasatiempo: observar una magnífica escena de amor, y como el amigo de George era un voyeur redomado, aceptó la sugerencia inmediatamente. Fue conducido a una misteriosa casa, a un apartamento suntuoso, y recluido en una habitación obscura desde donde pudo contemplar cómo una ninfómana hacía el amor con un hombre especialmente dotado y potente.
A George le dio un vuelco el corazón.

—Descríbeme a esa mujer —pidió.

El amigo describió a la mujer con la que George había hecho el amor, incluido el vestido de raso. Describió también la cama con dosel, los espejos: todo. El amigo de George había pagado cien dólares por el espectáculo, pero había valido la pena y había durado horas.

Anaïs Nin

sábado, 7 de enero de 2017

Pandemica y Celeste

quam magnus numerus Libyssae arenae
…………………………………..........
aut quam sidera multa, cum tacet nox,
furtiuos hominum uident amores.

Catulo, VII



  
La escuela de Platon
Jean Delville 



Imagínate ahora que tú y yo

muy tarde ya en la noche

hablemos hombre a hombre, finalmente.

Imagínatelo,

en una de esas noches memorables

de rara comunión, con la botella

medio vacía, los ceniceros sucios,

y después de agotado el tema de la vida.

Que te voy a enseñar un corazón,

un corazón infiel,

desnudo de cintura para abajo,

hipócrita lector -mon semblable,-mon frère!


Porque no es la impaciencia del buscador de orgasmo

quien me tira del cuerpo a otros cuerpos

a ser posiblemente jóvenes:

yo persigo también el dulce amor,

el tierno amor para dormir al lado

y que alegre mi cama al despertarse,

cercano como un pájaro.

¡Si yo no puedo desnudarme nunca,

si jamás he podido entrar en unos brazos

sin sentir -aunque sea nada más que un momento-

igual deslumbramiento que a los veinte años !


Para saber de amor, para aprenderle,

haber estado solo es necesario.

Y es necesario en cuatrocientas noches

-con cuatrocientos cuerpos diferentes-

haber hecho el amor. Que sus misterios,

como dijo el poeta, son del alma,

pero un cuerpo es el libro en que se leen.


Y por eso me alegro de haberme revolcado

sobre la arena gruesa, los dos medio vestidos,

mientras buscaba ese tendón del hombro.

Me conmueve el recuerdo de tantas ocasiones…

Aquella carretera de montaña

y los bien empleados abrazos furtivos

y el instante indefenso, de pie, tras el frenazo,

pegados a la tapia, cegados por las luces.

O aquel atardecer cerca del río

desnudos y riéndonos, de yedra coronados.

O aquel portal en Roma -en vía del Balbuino.

Y recuerdos de caras y ciudades

apenas conocidas, de cuerpos entrevistos,

de escaleras sin luz, de camarotes,

de bares, de pasajes desiertos, de prostíbulos,

y de infinitas casetas de baños,

de fosos de un castillo.

Recuerdos de vosotras, sobre todo,

oh noches en hoteles de una noche,

definitivas noches en pensiones sórdidas,

en cuartos recién fríos,

noches que devolvéis a vuestros huéspedes

un olvidado sabor a sí mismos!

La historia en cuerpo y alma, como una imagen rota,

de la langueur goûtée à ce mal d’être deux.

Sin despreciar

-alegres como fiesta entre semana-

las experiencias de promiscuidad.


Aunque sepa que nada me valdrían

trabajos de amor disperso

si no existiese el verdadero amor.

Mi amor,

íntegra imagen de mi vida,

sol de las noches mismas que le robo.


Su juventud, la mía,

-música de mi fondo-

sonríe aún en la imprecisa gracia

de cada cuerpo joven,

en cada encuentro anónimo,

iluminándolo. Dándole un alma.

Y no hay muslos hermosos

que no me hagan pensar en sus hermosos muslos

cuando nos conocimos, antes de ir a la cama.


Ni pasión de una noche de dormida

que pueda compararla

con la pasión que da el conocimiento,

los años de experiencia

de nuestro amor.

Porque en amor también

es importante el tiempo,

y dulce, de algún modo,

verificar con mano melancólica

su perceptible paso por un cuerpo

-mientras que basta un gesto familiar

en los labios,

o la ligera palpitación de un miembro,

para hacerme sentir la maravilla

de aquella gracia antigua,

fugaz como un reflejo.


Sobre su piel borrosa,

cuando pasen más años y al final estemos,

quiero aplastar los labios invocando

la imagen de su cuerpo

y de todos los cuerpos que una vez amé

aunque fuese un instante, deshechos por el tiempo.

Para pedir la fuerza de poder vivir

sin belleza, sin fuerza y sin deseo,

mientras seguimos juntos

hasta morir en paz, los dos,

como dicen que mueren los que han amado mucho.



 Jaime Gil de Biedma

domingo, 1 de enero de 2017

Mejores Augurios 2017 !!!

Sres. Visitantes de esta bitácora les deseo un muy Feliz Año 2017



domingo, 25 de diciembre de 2016

Celebremos Su Nacimiento

Amor y Paz ,

para todos los que pasen por esta Bitácora. 

FELIZ NAVIDAD !!!!!






Que Dios los Bendiga

lunes, 12 de diciembre de 2016

Misterio gozoso



Pongo la punta de mi lengua golosa en el centro mismo
del misterio gozoso que ocultas entre tus piernas
tostadas por un sol calientísimo el muy cabrón 
ayúdame
a ser mejor amor mío limpia mis lacras libérame de todas
mis culpas y arrásame de nuevo con puros pecados originales,
ya?

Óscar Hahn


miércoles, 31 de agosto de 2016

El marido escarmentado


A un hombre de edad ya madura, por más que hasta ese momento había vivido siempre sin una esposa, se le ocurrió casarse, y lo que tal vez hizo más en contradicción con sus sentimientos fue escoger a una jovencita de dieciocho años con el rostro más atractivo del mundo y el talle más adorable. El señor de Bernac, pues así se llamaba este marido, cometía una increíble estupidez al buscar una esposa, pues era menos versado que nadie en los placeres que procura el himeneo y las manías con que reemplazaba los castos y delicados placeres del vínculo conyugal distaban mucho de agradar a una joven de la manera de ser de la señorita de Lurcie, que así se llamaba la desdichada que Bernac acababa de encadenar a su vida. 

Y la misma noche de bodas confesó sus gustos a su joven esposa, tras hacerle jurar que no revelaría nada de ello a sus padres; se trataba -como señala el celebre Montesquieu- de ese ignominioso comportamiento que hace retroceder a la infancia: la joven esposa en la postura de una niña merecedora de un correctivo, se prestaba de esa forma, quince o veinte minutos más o menos, a los brutales caprichos de su decrépito esposo, y era con la ilusión de esta escena con lo que él lograba saborear esa sensación de deliciosa embriaguez que todo hombre, con más sanos instintos, de seguro no habría querido sentir más que en los amorosos brazos de Lurcie.

La operación le pareció un poco dura a una muchacha delicada, bonita, criada en la comodidad y ajena a toda pedantería; no obstante, como le habían recomendado mostrarse sumisa, pensó que todos los maridos se comportaban igual; tal vez el propio Bernac había alentado esa idea, y ella se entregó con la mayor honestidad del mundo a la depravación de su sátiro; todos los días se repetía lo mismo y a menudo dos veces en vez de una. Al cabo de dos años la señorita de Lurcie, a la que seguiremos llamando con este nombre, ya que seguía siendo tan virgen como el día de su boda, perdió a su padre y a su madre, y con ellos la esperanza de lograr que hicieran más llevaderos sus sufrimientos, cosa que ya había empezado a pensar desde hacía algún tiempo.

Esa pérdida no hizo sino volver a Bernac aún más osado y si, en vida de sus padres, se había mantenido dentro de ciertos límites, cuando ella los perdió y vio que ya no le era posible acudir a nadie que pudiera vengarla, dejó a un lado todo comedimiento. Lo que al principio había parecido simplemente una broma se fue convirtiendo, poco a poco, en una auténtica tortura; la señorita de Lurcie no podía soportarlo por más tiempo, su corazón se fue agriando y no pensó ya más que en la venganza. La señorita de Lurcie veía a muy poca gente, su marido la hacía vivir tan retirada como le resultaba posible; el caballero d’Aldour, primo de ella, a pesar de todas las indirectas de Bernac, nunca había dejado de ir a visitarla; el joven poseía la más hermosa figura del mundo y, no desinteresadamente por cierto, seguía manteniendo con su prima un trato frecuente; el celoso, como era conocidísimo en sociedad, por temor a las burlas, no se atrevía a vedarle la entrada en su casa… La señorita de Lurcie puso sus esperanzas en aquel familiar para librarse de la esclavitud en que vivía; escuchaba los requiebros que día tras día le dirigía su primo y por fin se abrió totalmente a él y se lo confesó todo.

-Vengadme de este infame -le dijo-, y hacedlo por medio de una escena tal que jamás se atreva a divulgarla; el día que así lo hagáis será el de vuestro triunfo, sólo a ese precio he de ser vuestra.
D’Aldour, encantado, se lo promete y su único afán es ya sólo el éxito de una aventura que había de proporcionarle momentos tan gratos. Cuando todo está preparado:

-Señor -le dice un día a Bernac-, tengo el honor de estar demasiado estrechamente ligado a vos y asimismo tengo en vos demasiada confianza como para no revelaros el secreto himeneo que acabo de contraer.

-¿Un himeneo secreto? -le contesta entusiasmado Bernac, viéndose ya libre de un rival que le hacía estremecer.

-Pues sí, señor; acabo de ligar mi destino al de una adorable esposa y mañana es cuando tiene que hacerme feliz; es una muchacha carente de fortuna, lo confieso, pero, ¿qué me importa si yo la tengo por los dos? Me caso, para ser sincero, con toda una familia; son cuatro hermanas que viven juntas, pero como su compañía es tan agradable eso no hace sino aumentar mi felicidad… Me alegraría, señor -prosigue el joven-, que mañana vos y mi prima me hicierais el honor de asistir aunque no fuera más que al banquete de bodas.

-Señor, yo salgo muy poco y mi mujer todavía menos, ambos vivimos en un completo retiro, pero si a ella le apetece yo no tendré nada que objetar.

-Conozco vuestros gustos, señor -contesta d’Aldour- y os aseguro que seréis servido a la medida de vuestros deseos… A mí la soledad me gusta tanto como a vos; además, como ya os he dicho, tengo buenas razones para ser discreto: será en el campo, hace buen tiempo, todo os es propicio y yo os doy mi palabra de honor de que estaremos completamente solos.
Lurcie, en efecto, deja entrever ciertos deseos, su marido no se atreve a llevarle la contraria delante d’Aldour y la excursión queda fijada.

-¡Teníais que decir que sí a algo semejante! -exclama entre gruñidos tan pronto como se queda a solas con su mujer-. Sabéis perfectamente que todo eso no me importa lo más mínimo, ya me encargaré yo de acabar con esa clase de caprichos y os advierto que tengo la intención de conduciros dentro de poco a una de mis posesiones, donde no volveréis a ver jamás a nadie, excepto a mí.
Y como el pretexto, fundado o no, era un aliciente más para las lujuriosas escenas que el propio Bernac inventaba cuando la realidad no le parecía suficiente, no pierde la ocasión, hace pasar a Lurcie a su habitación y le dice:

-Iremos, sí…, lo he prometido, pero pagaréis caro el deseo que habéis mostrado…

La pobre desdichada, creyéndose ya cerca del desenlace, lo soporta todo sin queja alguna.

-Haced lo que os plazca, señor -dice humildemente-; me habéis concedido una gracia y sólo os debo por mi parte agradecimiento.
Tanta ternura y tanta resignación hubieran desarmado a cualquiera, salvo a un corazón petrificado por el vicio como el del libertino Bernac, pero nada le detiene, se siente dichoso y luego se acuestan en silencio; a la mañana siguiente, d’Aldour, cumpliendo lo acordado, va a recoger a los esposos y se ponen en marcha.

-¿Veis? -dice el joven primo de Lurcie al entrar con el marido y su mujer en una casa extraordinariamente apartada-. Podéis comprobar que esto no se parece en nada a una fiesta pública; ni un coche ni un lacayo, estamos, como os dije, completamente solos.
En ese momento, cuatro corpulentas mujeres, de unos treinta años de edad más o menos, fuertes, llenas de vigor y de cinco pies y medio de estatura cada una, aparecen bajando la escalera y dan la bienvenida de la manera más cortés al señor y a la señora de Bernac.

-Esta es mi mujer, señor -dijo d’Aldour, presentándole a una de ellas-, y estas otras tres son sus hermanas; nos hemos casado esta mañana en París al despuntar el alba y os esperamos para celebrar la boda.

Todo discurre en medio de recíprocas cortesías; tras unos minutos de tertulia en el salón, donde Bernac se convence con gran admiración por su parte de que están tan solos como se pueda desear, un criado llama para el almuerzo y se sientan a la mesa; nada tan animado como la comida; las cuatro presuntas hermanas, muy dadas a las frases ingeniosas, hicieron gala de toda la vivacidad y alegría imaginables, pero como ni por un momento olvidaron la debida corrección, Bernac, completamente engañado, se creía en la mejor compañía del mundo; entretanto, Lurcie, rebosante de felicidad viendo cómo le llegaba su hora a su tirano y desesperadamente decidida a poner punto final a una continencia que hasta aquel momento no le había acarreado más que lágrimas y sufrimientos, se divertía con su primo y lo celebraban con champaña, a la vez que lo colmaba de las más tiernas miradas; nuestras heroínas, que tenían que hacer acopio de fuerzas, bebían y reían por su lado, y Bernac, dejándose llevar y no viendo más que pura y simple alegría en todo aquello, tampoco se mostraba mucho más comedido que los demás. Pero como no había que perder la cabeza, d’Aldour les interrumpe oportunamente y propone que vayan a tomar café

-Por cierto, primo -le dice cuando ya lo han tomado-, os ruego que os dignéis a recorrer mi casa, sé que sois hombre de buen gusto, la he comprado y amueblado expresamente para mi matrimonio, pero temo que no he hecho muy buen negocio y, si no os importa, podríais darme vuestra opinión.

-Con mucho gusto -responde Bernac-, nadie entiende de esas cosas tanto como yo y veréis cómo acierto a calcular el total con una diferencia de diez luises, os lo apuesto.

D’Aldour se adelanta hacia la escalera dando la mano a su hermosa prima; Bernac queda entre las cuatro hermanas y en ese orden llegan a una alcoba, muy apartada y sombría, al otro extremo de la casa.

-Esta es la cámara nupcial -le dice d’Aldour al viejo celoso-. ¿Veis este lecho, primo?, pues aquí es donde vuestra esposa va a dejar de ser virgen. ¿No es ya hora de que no siga esperando?

Esa era la señal: al instante las cuatro impostoras se abalanzan sobre Bernac, armada cada una con un haz de varas; le bajan los calzones, dos de ellas le sujetan y las otras dos se turnan para azotarle, y mientras se afanan en ello con todas sus fuerzas:


Achille Devéria

-Querido primo -le grita D’Aldour-, ¿os dije que seríais servido a la medida de vuestros deseos? Pues para complaceros no se me ha ocurrido nada mejor que devolveros lo que dais todos los días a vuestra adorable esposa; no vais a ser tan bárbaro como para infligirle algo que os gustaría recibir vos mismo, por lo que me alegro de poder trataros con tanta galantería; no obstante, aún sigue faltando otra circunstancia para la ceremonia: mi prima, según creo, a pesar de vivir con vos desde hace ya mucho tiempo, sigue siendo tan virgen como si os hubierais casado ayer mismo; un descuido semejante por vuestra parte no puede proceder más que de la ignorancia; apuesto a que es que no sabéis cómo hacerlo… Pues os lo voy a enseñar, amigo mío.

Y con estas palabras, al compás de la agradable música, el apuesto primo arroja a su prima sobre el lecho y la hace mujer a la vista de su indigno esposo… Sólo entonces la ceremonia concluye.

-Señor -dice d’Aldour a Bernac, descendiendo del altar-, tal vez la lección os parecerá un poco fuerte, pero convendréis en que la injuria lo era por lo menos otro tanto; yo ni soy ni quiero ser el amante de vuestra esposa, señor, aquí la tenéis, os la devuelvo, pero os recomiendo que en el futuro os comportéis con ella de una manera más digna; si no fuera así, ella hallaría de nuevo en mí a un vengador que no os trataría ya con tantos miramientos.

-Señora -exclama Bernac enfurecido-, en verdad este proceder…

-Es el que os habéis merecido, señor -le contesta Lurcie-; pero si no estáis conforme con él, sois muy dueño de divulgarlo, los dos expondremos nuestras razones y ya veremos de cuál de los dos se ríe el público.

Bernac, confuso, reconoce sus errores, no intenta inventarse más sofismas para legitimarlos y se arroja a los pies de su esposa para implorar perdón. Lurcie, dulce y generosa, le hace levantar y le abraza, los dos regresan a su casa e ignoro qué medios empleó Bernac, pero desde aquel momento la capital no conoció nunca una pareja más íntima, unos amigos más tiernos y un marido más virtuoso.

Marqués de Sade
Donatien Alphonse François de Sade

miércoles, 13 de julio de 2016

Carta de James Joyce a su esposa Nora Bernacle





2 de diciembre de 1909
44 Fontenoy Street, Dublín

Querida, no te ofendas por lo que escribo. Me agradeces el hermoso nombre que te di. ¡Sí, querida, “mi hermosa flor silvestre de los setos” es un lindo nombre¡ ¡Mi flor azul oscuro, empapada por la lluvia¡ Como ves, tengo todavía algo de poeta. También te regalaré un hermoso libro: es el regalo del poeta para la mujer que ama. Pero, a su lado y dentro de este amor espiritual que siento por ti, hay también una bestia salvaje que explora cada parte secreta y vergonzosa de él, cada uno de sus actos y olores. Mi amor por ti me permite rogar al espíritu de la belleza eterna y a la ternura que se refleja en tus ojos o derribarte debajo de mí, sobre tus suaves senos, y tomarte por atrás, como un cerdo que monta una puerca, glorificado en la sincera peste que asciende de tu trasero, glorificado en la descubierta vergüenza de tu vestido vuelto hacia arriba y en tus bragas blancas de muchacha y en la confusión de tus mejillas sonrosadas y tu cabello revuelto.



Esto me permite estallar en lagrimas de piedad y amor por ti a causa del sonido de algún acorde o cadencia musical o acostarme con la cabeza en los pies, rabo con rabo, sintiendo tus dedos acariciar y cosquillear mis testículos o sentirte frotar tu trasero contra mí y tus labios ardientes chupar mi polla mientras mi cabeza se abre paso entre tus rollizos muslos y mis manos atraen la acojinada curva de tus nalgas y mi lengua lame vorazmente tu sexo rojo y espeso. He pensado en ti casi hasta el desfallecimiento al oír mi voz cantando o murmurando para tu alma la tristeza, la pasión y el misterio de la vida y al mismo tiempo he pensado en ti haciéndome gestos sucios con los labios y con la lengua, provocándome con ruidos y caricias obscenas y haciendo delante de mí el más sucio y vergonzoso acto del cuerpo. ¿Te acuerdas del día en que te alzaste la ropa y me dejaste acostarme debajo de ti para ver cómo lo hacías? Después quedaste avergonzada hasta para mirarme a los ojos.



  ¡Eres mía, querida, eres mía¡ Te amo. Todo lo que escribí arriba es un solo momento o dos de brutal locura. La última gota de semen ha sido inyectada con dificultad en tu sexo antes que todo termine y mi verdadero amor hacia ti, el amor de mis versos, el amor de mis ojos, por tus extrañamente tentadores ojos llega soplando sobre mi alma como un viento de aromas. Mi verga esta todavía tiesa, caliente y estremecida tras la última, brutal envestida que te ha dado cuando se oye levantarse un himno tenue, de piadoso y tierno culto en tu honor, desde los oscuros claustros de mi corazón.
   Nora, mi fiel querida, mi pícara colegiala de ojos dulces, sé mí puta, mí amante, todo lo que quieras (¡mí pequeña pajera amante! ¡mí putita pichadora!), mi hermosa flor silvestre de los setos, mi flor azul oscuro empapada por la lluvia...


Jim
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